No sé que nos deparará el futuro, pero es evidente de que el olor del cambio está impregnado en todas partes. En las noticias principalmente.
Protestas en Túnez, Egipto, Bahréin, Argelia, Yemen, Libia, Costa de Marfil…
El “Poder de Uno” se manifiesta en todo su esplendor, a pesar de nuestro escepticismo.
En muchos sentidos podría decirse que este tsunami lo originó un sencillo vendedor de frutas, aquel joven Mohammed Bouaziz, quien ni en sus sueños más locos y ambiciosos hubiese imaginado que un acto suyo pudiese encender la llama que llevase al derrocamiento de su gobierno, y mucho menos que contagiase a otros pueblos para que derrocasen a sus propios tiranos. El acto de inmolación de ese joven quitó la vela de los ojos de muchos, encendió los ánimos, el espíritu de dignidad de pueblos enteros. Y es que vivir con dignidad es el anhelo supremo del ser humano. Y ante la disyuntiva de vivir mancillado muchos años o morir con dignidad, muchos optan por lo segundo, porque sí, porque no se puede vivir de rodillas para siempre, porque la humillación pesa mucho.
El “Poder de Uno”es hacer algo, cualquier cosa dice la propaganda de One Earth. Lo que Bouaziz hizo esta lejos de ser “cualquier cosa”. Es una medida triste, desesperada, que llena de dolor a sus allegados, y que mata sus esperanzas de verlo un día realizado y feliz. Pero al mismo tiempo, semejante acto de desesperación llena de coraje a muchos y permite que surja una esperanza, distinta de aquella que exterminó.
Da miedo. No sé qué giros terminaran dando estas situaciones de protesta en cada uno de los países.
Como dije en una entrada anterior: “Quiero creer”. Con este doloroso parto nace la esperanza de que puede haber un mundo mejor, donde muchos pueblos, otrora arrodillados, puedan levantar la frente y vivir con dignidad. "Quiero creer." Creer que es posible.
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