jueves, 16 de diciembre de 2010

Diciembre 2010.

El año se va apagando. La vela del año nuevo está a punto de encenderse, y con ella mis esperanzas, de ser y hacer las cosas mejor de lo que las hice. Aún no me he sentado a realizar la planificación de lo que quiero hacer y como lo voy a hacer, las ideas están dando vueltas en mi cabeza, pero aun debo plasmarlas en papel.
No obstante, aunque hay muchas cosas que quedaron pendientes y muchas de mis acciones no me enorgullecen, el balance final es positivo. Veo a mis hijas y me gusta lo que veo. Sobre todo cuando veo a Luciana, ya casi de 15 años, mucho más independiente, más positiva, aprendiendo a ser luchadora, definiendo el ser humano maravilloso que es y que aspira ser.
Que añito fue este. Me siento como si estuviese saliendo de una licuadora, me sentí vapuleada de aquí para allá. Pero voy saliendo, a paso lento pero voy p’alante.
Recupere algunos kilos, que tanto me había costado dejar perdidos por ahí. Los desgraciados me encontraron. Pero este año que viene no me rendiré. Seré más astuta que ellos, y en lo que menos lo esperen los dejare botados por ahí nuevamente, luego de alguna sesión de boxeo, en alguna voltereta de merengue, o en alguna contoneada de batucada. Nada más espero que no sea pasando la escoba, ni fregando pisos, mucho menos persiguiendo buses. Ojalá que Isabel me rinda también este añito, y que nuevamente salga nominada como Premio Nobel de la paz de mi hogar, por sus muchas contribuciones.
Que los negocios continúen su marcha hacia adelante, creciendo. Y que los nuevos proyectos nos permitan crecer en todo sentido, como seres humanos, y también económicamente por supuesto.
Este año que está por terminar jamás me imagine que iba a terminarlo con un lote, con una casa nueva para la abuela y un proyecto a corto plazo de casa para nuestra mamá,  y menos que íbamos a ser nosotros (mi marido y mis hermanos) quienes la solventáramos, así que este año hay mucho que agradecer. Especialmente que lo terminamos juntos, que ninguno cruzó p’al otro lado y se convirtió en recuerdo.
Ojalá este año nos llene de Bendiciones, a mis hijas, a mi marido, a mí, a mis hermanos, a toda mi familia, a mi país, a todas las personas de buen corazón, provengan de donde provengan.

martes, 14 de diciembre de 2010

En un dia cualquiera

Me quemé. Ocho de la mañana, aun requería de una horita más de sueño. Luciano tomaba un baño. Mañana fría, chorreando café, para levantar los ánimos, de Lu, los míos y los de la abuela, para que yo pudiese entrar en acción, a pesar de la somnolencia. Y claro, el café me despertó, pero no de la forma que yo esperaba. En un descuido, que no termino de entender, derramé el pichel de líquido hirviente sobre mi cuerpo. Nunca solté del todo el pichel, lo puse en el lavaplatos dando alaridos. Salí hacia el patio arrancándome la ropa, corrí hacia el lavadero, empapé una toalla con agua y la coloqué sobre mi torso enrojecido. Luciano salió al patio disparado por mis gritos, trajo crema para pañalitis y me la embadurno por todas partes, enojado, asustado, por lo que me hice, por no haber sido lo suficientemente precavida, por complicar aún más la situación que nos envolvía.
Salimos disparados al hospital. Hora pico, carreteras repletas de vehículos. Mañana soleada, hubiese sido esplendida de no ser por el acontecimiento. Los rayos del sol entraban por la ventanilla, calentando aun más mi pierna enrojecida e incrementando mi dolor. De camino divisé a unos cuantos autos de distancia, una patrulla de la policía de tránsito. Le dije a Lu que solicitara escolta hasta el hospital, para sortear el embotellamiento. Cuando escuché la sirena, di un respiro de alivio, mi tortura iba a demorar menos de lo pensado. Llegué a la sala de urgencias, me temblaba la pierna, como si tuviese frio, a pesar de que el sol ya calentaba la mañana.  
Salí de la sala de urgencias, agradecida, el dolor había disminuido significativamente. El personal de turno fue amable. Pero me esperaban varios días en cama, sin ropa, con frio. Los aproveche leyendo los libros que tenían muchos meses de esperarme.
Obligatoriamente tuve que hacer una pausa y quitarme de la espalda la mochila de 100kg que estaba cargando durante el trayecto. En ese momento pensé que en el peor momento me había sucedido esto. Tantos pendientes, tantas obligaciones, tantos compromisos esperando por mi atención. Tantas expectativas puestas en mí, pero lo dejé solo. Sumándole 100kg más, a los 100kg que él ya cargaba. Me he sentido culpable. Pero de verdad necesito tranquilidad, necesito serenarme, que baje el nivel de hostilidad interno y el que me rodea.
Todo pasa y esto también pasara, pensé para darme ánimo, recordando el mantra de Marianne en momentos de crisis máxima.
Y así fue. Ya va pasando. Han pasado 9 días y ya estoy mucho mejor. No a un 100%, pero ya falta menos. Durante ese lapso, rebobinamos la cinta, volvimos a empezar. Volvimos a enfrentar un gran problema, solos, sin más apoyo que el de nosotros mismos. Tuvimos que limar asperezas, olvidarnos de los enojos, y proseguir a pesar del obstáculo.  Y volvimos a salir airosos.
Aunque a veces surge la duda, en estos instantes surge la certeza. Somos un buen equipo. Contra todo y contra todos, surgimos, a veces agotados, desgastados, pero lo logramos. En estos instantes me siento muy cerca suyo, muy orgullosa de lo que somos, de lo que representamos.
Y me vuelvo a echar a la espalda los 100kg de deberes, pero con energías renovadas, con más fe en mí, y con más fe en él, mi amor, mi compañero, el que camina a mi lado desde hace 15 años.

martes, 2 de noviembre de 2010

Visita inesperada

Anoche me visitó.

No fue una intromisión, como en otras ocasiones en que ni la vi llegar. Cuando su presencia provocó un enorme dolor, por lo valioso de las vidas que arrebató de nuestro lado. No. Esta vez, fue distinta.

Percibí su presencia como una visita que viene de paso para ver cómo me encuentro. Esta vez como que pidió permiso antes de actuar. No sentí miedo.

No me habló en el sentido estricto de la palabra. Pero entendí el propósito de su visita. 

Quería saber si estaba lista para irme. Como que me dio a entender que no debía temer, que si quería podía irme. Que mi partida me llenaría de tranquilidad.

No entiendo que será lo que le hizo pensar que ya era tiempo, si apenas estoy captando el juego.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas de manera abundante. No tardaron en llegar los sollozos, pero eran como mudos, calmos.

Lo pensé un instante. Pero no. No es tiempo.

Todavía quiero seguir jugando, aunque falten muchas lágrimas por derramar, también sé que me esperan muchas satisfacciones, muchas carcajadas.

Quiero presenciar el crecimiento de mis hijas. Quiero presenciar sus logros, sus éxitos y sus fracasos. Quiero abrazarlas, quiero secar su llanto cuando estén tristes. Quiero provocar el llanto lindo que sale de los ojos cuando está acompañado de las carcajadas que produce un buen chiste, una buena broma. Quiero enorgullecerme de verles adultas, maduras, seguras y contentas consigo mismas.

Quiero finalizar mis proyectos inconclusos, la universidad, bajar de peso, cantar, viajar con Luciano y conocer el desierto, Yellowstone, Chapada Diamantina, aprender a bucear con Marianne y visitar Isla del Coco.

Claro que le dije que no.

Y agradecí por la oportunidad brindada, por permitirme escoger. Por recordarme lo que de verdad es valioso. Lo que de verdad quiero, aprecio y amo.

Y tranquilamente se fue, y me dejo dormir plácidamente, sin sobresaltos.
Creando, pensando, divagando...