martes, 2 de noviembre de 2010

Visita inesperada

Anoche me visitó.

No fue una intromisión, como en otras ocasiones en que ni la vi llegar. Cuando su presencia provocó un enorme dolor, por lo valioso de las vidas que arrebató de nuestro lado. No. Esta vez, fue distinta.

Percibí su presencia como una visita que viene de paso para ver cómo me encuentro. Esta vez como que pidió permiso antes de actuar. No sentí miedo.

No me habló en el sentido estricto de la palabra. Pero entendí el propósito de su visita. 

Quería saber si estaba lista para irme. Como que me dio a entender que no debía temer, que si quería podía irme. Que mi partida me llenaría de tranquilidad.

No entiendo que será lo que le hizo pensar que ya era tiempo, si apenas estoy captando el juego.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas de manera abundante. No tardaron en llegar los sollozos, pero eran como mudos, calmos.

Lo pensé un instante. Pero no. No es tiempo.

Todavía quiero seguir jugando, aunque falten muchas lágrimas por derramar, también sé que me esperan muchas satisfacciones, muchas carcajadas.

Quiero presenciar el crecimiento de mis hijas. Quiero presenciar sus logros, sus éxitos y sus fracasos. Quiero abrazarlas, quiero secar su llanto cuando estén tristes. Quiero provocar el llanto lindo que sale de los ojos cuando está acompañado de las carcajadas que produce un buen chiste, una buena broma. Quiero enorgullecerme de verles adultas, maduras, seguras y contentas consigo mismas.

Quiero finalizar mis proyectos inconclusos, la universidad, bajar de peso, cantar, viajar con Luciano y conocer el desierto, Yellowstone, Chapada Diamantina, aprender a bucear con Marianne y visitar Isla del Coco.

Claro que le dije que no.

Y agradecí por la oportunidad brindada, por permitirme escoger. Por recordarme lo que de verdad es valioso. Lo que de verdad quiero, aprecio y amo.

Y tranquilamente se fue, y me dejo dormir plácidamente, sin sobresaltos.

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